martes, 1 de marzo de 2016

El Rey Thánder - Versión 2.



En los principios existía la magia. No la misma que creemos conocer. El sistema económico, político y social dependía de ella; era el primer poder. La mayoría de las clases sociales eran de la más alta categoría, aquellas que habían transitado por una excelente educación y gozaban una gran reputación. Añoraban la dedicación y el respeto. No existían conflictos sociales, desconocían la pobreza, el racismo, el abandono. Todo pueblo que nacía se mantenía desde el primer día al objetivo del crecimiento y el éxito.
Eran épocas de gran resplandor, de sociedades dedicadas a la profesión, al estudio, a la pasión de convertirse en un símbolo para las siguientes generaciones. El legado era cada vez más profundo, productivo y poderoso. El objetivo era el de llegar a crear una civilización perfecta y un mundo apto para cualquier ser vivo; en el que todos pudieran acceder a la magia.
Tal así era la ciudad de Cánnor. Un monumento al éxito de la civilización presente. Adornada de poder y magia hasta en los más profundos cimientos. Poseía cientos de gigantescas estatuas que representaban a eruditos dedicados a dar el ejemplo, aquellos que brindaron toda su vida al crecimiento constante, a la solidaridad. Económicamente se ubicada en el punto estratégico de las principales rutas comerciales. Si algún político se mostraba de carácter convincente, capacitado y altamente confiable, sin lugar a dudas provenía de Cánnor. No existía juez que diera un mal juicio. Civilmente poseía las clases sociales más destacadas. Sí, se podría decir que eran los dueños del mundo.
Thánder, un hombre alto de cabellos largos y negros, de un carácter, una voluntad y una firmeza tan grande que lo llevaron a convertirse en rey. Altamente capacitado para manejar asuntos de la naturaleza y la tecnología. Se casó con una bella mujer, tan alta como él y de melena dorada: Kalina, la reina. Su carisma fulguraba al pueblo, y junto a él formaban la pareja más amada y preciosa... porque así se los denominó: "la pareja amada". Fue el eminente grado de cariño y confianza entre ambos que los llevó al éxito, el mismo compartía la ciudad. Algunos afirmaban que el amor de los reyes mantenía la tierra de Cánnor. Fueron los años más luminosos, de entera hermosura, de satisfacciones y deseos cumplidos, de triunfos seguros y pura felicidad.
Kalina quedó encinta y traería al mundo el heredero de Cánnor. Primer hijo de los reyes. Y he aquí donde intervino "el Consejo".
No era un grupo burócrata de miembros de la realeza, sino que aconsejaban al mundo. Habían sido enviados por el Universo. Se personificaban y se hacían llamar así mismos: Vida, Muerte, Mal, Bien, Destino, Tiempo, Amor, y Odio. Aseguraban que el heredero sería aquel que convertiría alegrías en tristezas; y no solo ese niño que naciera sino todos los futuros hijos de los reyes. Según el Consejo, ambos estaban condenados a vivir solos.
La palabra debía cumplirse. El nacimiento del mundo se debía al Consejo, y sus mandatos eran la religión.
Sin embargo el hombre, envuelto de amor, progreso, lujuria, ambición y éxito. Dio media vuelta, dándole la espalda a los tronos en donde se hallaba el Consejo.
— Thánder — dijo la Vida. Su voz en la sala significaba un mal presagio. El rey quedó quieto a espaldas de aquellos seres, una energía poderosa lo detenía. — Quién traigas a la vida desde el vientre de tu hembra, morirá antes de ver el mundo.
Él, con su ceño fruncido y sin decir una sola palabra siguió su camino.
Entonces, los ocho seres decidieron matar al bebé en su nacimiento. Así, Kalina sostuvo en brazos a su hijo... muerto.
Pasaron dos años, en los cuáles un frío comenzaba a cubrir Cánnor. Se conocía por primera vez al invierno. Thánder volvió a ignorar la advertencia y su dama nuevamente embarazó. Entonces, a los nueve meses, el Consejo optó en no solo matar al heredero sino también quitar la vida de la reina, para que nunca más Thánder volviera a desobedecer.
Lloró con tanta angustia el hombre de Cánnor que el sufrimiento le devoraba la existencia; se encorvaba en el piso de dolor, se bañaba en sus propias lágrimas. Lo invadía la tristeza a tal punto que vomitaba sangre por los rincones. La saliva le corría en la boca. A gritos de muerte golpeaba el piso con su puño hasta quebrarse los dedos. 
Su guardia personal de seis magos, denominada "La Orden Medélion", observaba inmóvil el sufrimiento de su rey.
Maldecía las reglas, la perfección, a todas las razas existentes. Señalaba al aire, como si el Consejo estuviera allí. Su rostro odioso, irreconocible... de no sentir una imagen entre el amor, la obediencia, la maldad... el descontrol golpeaba a sus puertas.
Por tanto, el Rey perdió a su familia. Hechos que lo llevaron a iniciar la primer guerra del mundo.
Durante veinte inviernos, Thánder ordenó e inauguró la forja de armas y escudos para un numeroso ejército, cuyo objetivo sería el de destruir al Consejo. Descubrió y enseñó ataques violentos con la magia. Juró que con sus propias manos y armas arrasaría el poder de los ochos seres sin importarle que tan superiores fueran. 
Sus lacayos ya estaban preparados, y desde el palco del palacio, el rey habló a sus fuerzas con palabras nunca antes escuchadas.
— ¡El Amor subestimó a mi corazón, uno a uno caerán! ¡Juntos, y con nuestra voluntad, superaremos su potestad!
Tanta inteligencia desperdiciada, era infantil el enfrentarse a seres tan superiores, pero el odio de Thánder era incontrolable y emanaba por todo su porte. Su manipulación era tan fuerte que sus hombres le obedecían ciegamente.
Entonces, juntó a ochocientos mil guerreros. Diez mil para cada integrante del Consejo. Pero no eran pueblerinos abrazados a palos de madera y palas. Era un grupo que se había entrenado durante veinte años, capacitándose en estrategias grupales e individuales, expertos al ataque cuerpo a cuerpo y a distancia. Y todos ellos poseían alguna habilidad especial en la magia. Delante galopaba el rey Thánder en su corcel azul. Alrededor lo acompañaba la Orden Medélion.
Partieron hacia "El Valle de las Penas", donde allí moraba la Muerte y sería la primera en caer según el rey. "Belich" se llamó el ejército de Thánder, mismo nombre que pensó en ponerle a su primer hijo. Fue la primera tropa en la historia. Constituida de arqueros, espadachines, luchadores y jinetes. Los escoltas alzaban los estandartes con el símbolo de Cánnor: una corona negra de tres puntas largas y afiladas. 
Llegaron así bajo la noche al baluarte de la Muerte: un cráneo gigantesco de piedra, espantoso por donde se lo mire. En su inmensa boca se hallaban las puertas de entrada.
— ¡Abre las puertas, Hechicera, en nombre del rey de Cánnor! — aulló Thánder con furia.
Sin respuesta, un numeroso grupo alzó sus brazos y comenzaron a derribar las rocas de la entrada. Luego, doscientos mil guerreros ingresaron junto al rey y los seis Medélions. El resto esperaba afuera. Cuando los pasos sonaban como tambores, delante de ellos, una sombra se levantó de un aposento y tomó forma. Una joven alta y delgada, de pelo lacio y largo hasta el suelo, de piel blanca como la nieve. Avistó al ejército con sus brillosos ojos negros, los cuáles se infundían en su penetrante mirada. Vestía ropas oscuras y ajustadas marcando su atractivo cuerpo, sutilmente era rodeado por almas de fallecidos. Era hermosa pero no dejaba de ser la Muerte. Bajó los escalones de su trono y a medida que caminaba hacia el rey, por detrás, los hombres salían despedidos y caían al piso fallecidos.
— ¡Hasta que diste la cara, Hechicera! — expuso Thánder, y la Muerte, en unos metros hasta llegar a su frente ya había matado con solo su caminata a cientos de combatientes.
— Tus actos no tienen sentido rey de Cánnor, vuelve y llévate a tu gente. Soy la dueña de sus almas, en un solo pestañeo puedo enviarlos a mi recamara — reclamó ella con una voz lenta.
— Nunca más, ningún miembro del Consejo me dirá lo que tengo que hacer — contestó Thánder y atacó a la Muerte, ésta blandió su emblemático sable corvo.
Al instante, la Orden Medélion creó un gigantesco portal sobre el trono de la Muerte. Solo ellos conocían semejante poder. Transportaron allí otra parte del ejército que se balanceaba corriendo hacia el enemigo, y esta vez protegidos por un hechizo temporal contra la maldición del enemigo.
— Has excedido de tu confianza, joven — le dijo Thánder — La propia Parca tendrá que llevarse su alma.
— Hazlo — habló ella — y sin mí verás que todos serán eternos, entonces los seres vivientes se convertirán en plaga. 
Con un grito ensordecedor, antes de que el ejército del rey impactara sobre ella, convocó a una colosal compañía de guerreros esqueletos; aquellos que en vida habían obtenido la máxima reputación y gloria en palabras. Conjuraron contra Belich iniciando la primera masacre de antaño.
Un estruendo surgió en las alturas y del alto techo una luz oscura se desplazó hasta tierra, el Mal había llegado.
Thánder se cubrió de los escombros y fue empujado por un viento contra una ancha columna.
— El rey de Cánnor ha perdido el juicio al querer destruir el Consejo — dijo el Mal con una voz ronca y apagada. Era un hombre robusto, su rostro estaba cubierto con una sombra y también vestía de negro. ¿Crees que no habíamos previsto este incidente? No solo asesinaste a tu familia, sino también a tus hombres.
— ¡Yo no asesiné a mi familia! — gritó Thánder.
— ¡A tus hombres! — Interrumpió el Mal. — ¡Quienes creyeron ciegamente en ti!
Thánder se incorporó y observó un instante a ambos seres; cuando quiso atacar, el Mal lo detuvo con la palma de su mano. 
— ¿Y si se equivocaron? — preguntó el rey con desprecio. — ¿Si hubiera sido feliz, con mis hijos, con mi esposa? ¿Con mi gente?
— El dolor irreparable de tu corazón — le dijo la Muerte.
Los Medélions fueron expulsados violentamente del baluarte, sin chances de poder defenderse.
Entonces el Mal levitó al rey y lo envolvió en sombras que entraron en su cuerpo y le darían una larga vida, dolor sin fin, angustia incansable. Llorando con lágrimas de sangre, Thánder, antes de salir de la fortaleza sintió nuevamente el perfume de la Muerte, era como una mezcla de sangre y alma que recién abandona su cuerpo. Vio que el resto de sus hombres yacían despedazados sobre la tierra, ninguno estaba completo de cuerpo; y un río de sangre cruzaba a sus pies. Alzó la vista y vio flotando a su Orden Medélion, desnudos y envueltos con sus propias tripas.
Luego de divisar semejante masacre. Gritó al sombrío y tormentoso cielo el nombre de su amor: Kalina.
Abandonó el territorio y se exilió en "El Paso de la Niebla", sobre cavernas oscuras, solitarias y frías. A medida que la sazón pasaba, fue convirtiéndose en un ser de puro odio, de un dolor terrible, y le pesaba un corazón roto y oscuro. 
Él mismo comenzó con el desequilibrio; aprovechó el poder de las sombras que el Mal le había inculcado para mantenerlo vivo y se transmutó en un "Caballero Negro", "el Rey de la Sombra". Irónico regalo de la Vida. 
Creó bestias y razas malditas. El tiempo seguía su curso y a través de éstas creaciones, las cuales tomaron sus rumbos, dieron lugar a otros seres: dragones, demonios, criaturas espantosas. El Consejo separó estos dominios y las llamaban: "El Poder de la Luz" y "El Poder de la Sombra".
Pasaron novecientos años, donde las fuerzas de lo creado habían iniciado su eterna guerra por el equilibro... la Luz y la Sombra.


viernes, 6 de septiembre de 2013

El Cubo Mágico



Hoy no es una buena noche. Ayer… tampoco… antes de ayer…
He vuelto al círculo por orden forzada de “Ellos”, porque estaba siendo sistemática, rutinaria; o porque es un aviso de que no puedo vivir dichosa del mundo plano; o por simple esencia del espíritu; o… tan simple porque es la manera de hacerme oír.

Hoy el trazo lineal se rompe. He sabido que los cristales tienen distintas formas de brillar según el ángulo. ¿Es la forma en que se lo mira? Ese cristal tiene la misma propiedad y contextura siempre. ¿Nos damos cuenta que continuamente es igual? El hombre tiende a fijar la vista en lo hermoso, asegura ver los cristales con distintos brillos, pero pasa por alto que es siempre la misma materia.

No todo lo que se diga hoy tiene que ser explicado, ni por la mano del humano al escribir, ni por las palabras de un ser vivo… ni muerto. Es esto lo que es y lo que será… pero no lo que fue.
Tres veces he dicho: “no va a funcionar” “¿cuánto tiempo?”. Me arriesgué demasiado, pido disculpas aunque de nada me sirva. Debería hacer caso más seguido a mis presentimientos, que delirio el de ignorarlos. ¡Qué capricho!

Ya no puedo seguir en un quinto plano, no es conveniente enterarme última. No debo quedar en un rincón. Recuerdo una noche cuando me dijiste “Odio no ser el Primero”. ¿Qué mundo loco es éste?
Aquel hombre “pobre” que más de una vez dejó de comer para hacer un buen regalo. El pobre estuvo apuntado siempre por las espadas que el filo indicaba “Segundo”.
Pero no puedo tolerar que sea un Tercero, ni Cuarto, ni mucho menos alejado del mismísimo abismo. Por una cuestión de respeto a mí misma, no debo soportarlo. Quizás no te enseñé lo suficiente cuando nos enfrentamos. Siempre tuviste mi mirada y mi atención.  Y si no asumiste la verdad en mis ojos fue por causa de tu “fantasía de superioridad”.

¡¿Qué tipo de criatura se cree el ser humano para venir a sermonear de las cosas más arcaicas del mundo?! ¡¿Acaso porque tienes cerebro crees que puedes gobernar?! Gobierna solo a los que puedan seguir tu mísera postura… Humano.
Podrás luchar toda la vida contigo mismo… aférrate a mí, a ti, a mí. Nadie puede contenerte como tu propia fortaleza, no van a acariciarte y cuidarte mejor. No creas siempre en las palabras de los que viste de Rojo y Negro. Quienes te envolvieron en palabras ficticias, trábate a mí. Yo soy tú. Nosotros… somos tú. Apúrate con tu Imperio, porque éste es el comienzo, lo que te doy, te lo puedo quitar.



Armonía.





martes, 20 de noviembre de 2012

El Rey Thánder - Versión 1.

E

n los principios existía la magia. No la misma que creemos conocer ahora, el sistema económico, político y social dependía de ella; era el primer poder. La mayoría de las clases sociales eran de la más alta categoría, aquellas que habían pasado por una excelente educación y gozaban una gran reputación. Añoraban la dedicación y el respeto. No existían conflictos sociales, desconocían la pobreza, el racismo, el abandono. Todo pueblo que nacía se mantenía desde el primer día al objetivo del crecimiento y el éxito. No perdían el tiempo con contrariedades, a menos que tuvieran un sentido de mejora masiva.

Eran épocas de gran resplandor, de sociedades dedicadas a la profesión, al estudio, a la pasión de convertirse en un símbolo para las siguientes generaciones. El legado era cada vez más profundo, productivo y poderoso. El llegar a crear una civilización perfecta y un mundo apto para cualquier ser vivo; y que todos pudieran acceder a la magia.

Tal así era la ciudad de Cánnor. Un monumento al éxito de la civilización presente. Adornada hasta en los más profundos cimientos de poder, de magia. Poseía cientos estatuas de más de cincuenta metros, representaban eruditos dedicados a dar el ejemplo, aquellos que brindaron toda su vida al crecimiento constante, a la solidaridad. Económicamente se ubicada en el punto estratégico de las principales rutas comerciales del planeta. Si algún político se mostraba de carácter convincente, capacitado y altamente confiable, sin lugar a dudas provenía de Cánnor. No existía juez que diera un mal juicio. Civilmente poseía las clases sociales más sobresalientes. Sí, se podría decir que eran los dueños del mundo.

Thánder, un hombre alto de cabellos largos y negros, de un carácter, una voluntad y una firmeza tan grande que lo llevaron a convertirse en rey. Altamente capacitado para manejar asuntos de la naturaleza y la tecnología. Se casó con una bella mujer, tan alta como él y de melena dorada: Kalina, la reina. Su carisma fulguraba a su pueblo, y junto a él formaban la pareja más amada y preciosa… porque así se los denominó: “la pareja amada”. Fue el eminente grado de cariño y confianza entre ambos que los llevó al éxito… un éxito que también compartía la ciudad. Algunos afirmaban que el amor de los reyes mantenía la tierra de Cánnor. Fueron los años más luminosos, de entera hermosura, de satisfacciones y deseos cumplidos, de triunfos seguros y pura felicidad.

Kalina quedó encinta y traería al mundo el heredero de Cánnor. Primer hijo de los reyes. Y he aquí donde intervino “el Consejo”.
No era un grupo burócrata de miembros de la realeza, sino que aconsejaban al mundo. Habían sido enviados por el Universo. Se personificaban y se hacían llamar así mismos: Vida, Muerte, Mal, Bien, Destino, Tiempo, Amor, y Odio. Aseguraban que el heredero sería aquel que convertiría alegrías en tristezas; y no solo ese niño que naciera sino todos los futuros hijos de los reyes. Según el Consejo, ambos estaban condenados a vivir solos, de lo contrario un descendiente traería el desequilibrio.

Cualquier opinión contradictoria emitida de cualquier raza era descartada por aquellos seres. La palabra debía cumplirse. El nacimiento del mundo se debía al Consejo, y sus mandatos eran la religión.

Sin embargo el hombre, envuelto de amor, progreso, lujuria, ambición y éxito. Dio media vuelta, dándole la espalda a los tronos en donde se hallaba el Consejo.

     Thánder, dijo la Vida. Su voz en la sala significaba un mal presagio.
El rey se quedó quieto, como que una energía poderosa lo detenía. Aunque seguía a espaldas de aquellos seres.

     Thánder, volvió a decir la Vida. — A quién traigas a la vida desde el vientre de tu hembra, morirá antes de ver el mundo real —.

Él, con su ceño fruncido, atravesó aquella fuerza y siguió su camino.

Entonces los ocho seres decidieron matar al bebé en su nacimiento. Así, Kalina sostuvo en brazos a su hijo… muerto.

Pasaron dos años, en los cuáles un frío comenzaba a cubrir Cánnor. Se conocía por primera vez al invierno. Thánder volvió a ignorar la advertencia y su dama nuevamente embarazó. Entonces, a los nueve meses, el Consejo optó en no solo matar al heredero sino también quitar la vida de la reina, para que nunca más Thánder volviera a desobedecer.

Lloró con tanta angustia el hombre de Cánnor que el sufrimiento le devoraba la existencia; se encorvaba en el piso de dolor, se bañaba en sus propias lágrimas. Lo invadía la tristeza a tal punto que vomitaba sangre por los rincones. La baba le corría a través de sus túnicas. A gritos de muerte golpeaba el piso con su puño hasta quebrarse los dedos.
Su guardia personal, denominada “La Orden Medèlion”, conformada por cinco magos, observaba inmóvil el sufrimiento de su rey.
Maldecía las reglas, la perfección, a todas las razas existentes. Señalaba al aire, como si el Consejo estuviera allí. Su rostro odioso, irreconocible… de no sentir una imagen entre el amor, la obediencia, la maldad… el descontrol.

Por tanto, el Rey perdió a su familia. Hechos que lo llevaron a iniciar la primer guerra de antaño.

Durante veinte inviernos, Thánder ordenó e inauguró la forja de armas y escudos para un numeroso ejército, cuyo objetivo sería el de destruir al Consejo. Enseñó ataques violentos con la magia. Juró que con sus propias manos y armas arrasaría el poder de los ochos seres sin importarle que tan superiores fueran.
Sus lacayos ya estaban preparados, y desde el palco del palacio, el rey habló a sus fuerzas con palabras nunca antes escuchadas.

     ¡El Amor subestimó a mi corazón, uno a uno caerán! ¡Y tal vez no tengamos tanta potestad como ellos, pero tenemos voluntad! —.

Tanta inteligencia desperdiciada, era infantil el enfrentarse a seres tan superiores, pero el odio de Thánder era incontrolable y emanaba por todo su porte. Su manipulación era tan fuerte que sus hombres le obedecían ciegamente.

Entonces, juntó a un millón seiscientos mil guerreros. Doscientos mil para cada integrante del Consejo. Pero no eran pueblerinos abrazados a palos de madera y palas. Era un grupo altamente entrenado y capacitado en estrategias grupales e individuales, expertos al ataque cuerpo a cuerpo y a distancia. Y todos ellos poseían alguna habilidad especial en la magia.
Delante ellos galopaba el rey Thánder en su corcel azul. Alrededor lo acompañaba la Orden Medèlion.

Partieron hacia “El Valle de las Penas”, donde allí moraba la Muerte y sería la primera en caer según el rey. “Belich” se llamó el ejército de Thánder, mismo nombre que le pondría a su primer hijo. Fue la primera tropa en la historia… constituida de arqueros, espadachines, luchadores y jinetes. Los escoltas alzaban los estandartes con el símbolo de Cánnor: una corona negra de tres largas puntas afiladas.
Llegaron así bajo la noche al baluarte de la Muerte: un cráneo gigantesco de piedra, espantoso por donde se lo mire. En su inmensa boca se hallaban las puertas de entrada.

     ¡Abre las puertas, Hechicera, en nombre del rey de Cánnor! — aulló Thánder con furia.

Sin respuesta, un numeroso grupo alzó sus brazos y comenzaron a derribar las rocas de la entrada. Luego, doscientos mil guerreros ingresaron junto al rey y los Medèlions. El resto esperaba afuera. Cuando los pasos sonaban como tambores, delante de ellos, una sombra se levantó de un aposento y tomó forma. Una joven alta y delgada, de pelo lacio y largo hasta el suelo, de piel blanca como la nieve. Avistó al ejército con sus brillosos ojos negros, los cuáles se infundían en su penetrante mirada. Vestía ropas oscuras y ajustadas marcando su atractivo cuerpo, sutilmente era rodeado por las almas de los fallecidos. Era hermosa pero no dejaba de ser la Muerte. Bajó los escalones de su trono y a medida que caminaba hacia el rey, por detrás, los hombres salían despedidos y caían al piso fallecidos.

     ¡Hasta que diste la cara, Hechicera! — expuso Thánder, y la Muerte, en unos metros hasta llegar a su frente ya había matado con solo su caminata a cientos de combatientes.

     Tus actos no tienen sentido rey de Cánnor, vuelve y llévate a tu gente. Soy la dueña de sus almas, en un solo pestañeo puedo enviarlos a mi recamara — reclamó ella con una voz lenta y casi manipulable.

     Nunca más, ningún miembro del Consejo me dirá lo que tengo que hacer — contestó Thánder y atacó a la Muerte, ésta blandió su emblemático sable corvo.

Al instante, la Orden Medèlion creó un gigantesco portal sobre el trono de la Muerte. Solo ellos conocían semejante poder. Transportaron allí otra parte del ejército que se balanceaba corriendo hacia el enemigo, y esta vez protegidos por un hechizo temporal contra la maldición del enemigo.

     Has excedido de tu confianza, joven — le replicòThánder — La propia Parca tendrá que llevarse su alma —.

     Hazlo — habló ella — y sin mí verás que todos serán eternos, entonces los seres vivientes se convertirán en plaga —.

Con un grito ensordecedor, antes de que el ejército del rey impactara sobre ella, convocó a una colosal compañía de guerreros esqueletos; aquellos que en vida habían obtenido la máxima reputación y gloria en palabras. Conjuraron contra Belich iniciando la primera masacre de antaño.

Un estruendo surgió en las alturas y del alto techo una luz oscura se desplazó hasta tierra, el Mal había llegado.

Thánder se cubrió de los escombros y fue empujado por un viento contra una ancha columna.

     El rey de Cánnor ha perdido el juicio al querer destruir el Consejo — dijo el Mal con una voz ronca y apagada. Era un hombre robusto, su rostro estaba cubierto con una sombra y también vestía de negro. — ¿Crees que no habíamos previsto este incidente? No solo asesinaste a tu familia, sino también a tus hombres —.

     ¡Yo no asesiné a mi familia! — gritó Thánder

     ¡A tus hombres! — Interrumpió el Mal. — ¡Que creyeron ciegamente en ti! —.

Thánder se incorporó y observó un instante a ambos seres; cuando quiso atacar, el Mal lo detuvo con la palma de su mano.

     ¿Y si se equivocaron? — preguntó el rey con desprecio. — ¿Si hubiera sido feliz, con mis hijos, con mi esposa? ¿Con mi gente? —.

     El dolor irreparable de tu corazón — le dijo la Muerte.

Los Medèlions fueron expulsados violentamente del baluarte, sin chances de poder defenderse.

Entonces el Mal levitó al rey y lo envolvió en sombras que entraron en su cuerpo y le darían una larga vida, dolor sin fin, angustia incansable. Llorando con lágrimas de sangre, Thánder, antes de salir de la fortaleza sintió nuevamente el perfume de la Muerte, era como una mezcla de alma que recién abandona su cuerpo y sangre. Vio que el resto de sus hombres yacían despedazados sobre la tierra, ninguno estaba completo de cuerpo; y un río de sangre cruzaba a sus pies.
Gritó al sombrío y tormentoso cielo el nombre de su amor: Kalina.

Abandonó el territorio y se exilió en “El Paso de la Niebla”, sobre cavernas oscuras, solitarias y frías. A medida que la sazón pasaba, fue convirtiéndose en un ser de puro odio, de un dolor terrible, y le pesaba un corazón roto y oscuro.

Él mismo comenzó con el desequilibrio; aprovechó el poder de las sombras que el Mal le había inculcado para mantenerlo vivo y se transmutó en un “Caballero Negro”, “el Rey de la Sombra”. Irónico regalo de la Vida.
Creó bestias, razas malditas… el tiempo seguía su curso y a través de éstas creaciones, las cuales tomaron sus rumbos, dieron lugar a otros seres: dragones, demonios, criaturas espantosas. El Consejo separó las fuerzas y las llamaban: “El Poder de la Luz” y “El Poder de la Sombra”.


Pasaron novecientos años, donde las fuerzas de lo creado habían iniciado su eterna guerra por el equilibro… la Luz y la Sombra.




martes, 18 de septiembre de 2012

Fran Dylan



A
veces se preguntan cuál es la misión de una persona en la vida. Mi objetivo es cumplir todos mis sueños y satisfacer absolutamente todas mis necesidades en cada segundo de mi existencia. No tiene por qué haber límites ni mucho menos estructuraciones. No seré un mediocre. Quiero ser reconocido durante los siguientes siglos de esta civilización y las que están por llegar.

Voy a obligarme a tener lo que quiera y pelear sin importar las consecuencias. Si caigo me levantaré con más fuerza. Seguiré hasta completar el triunfo, la misión la cual me he propuesto… no hay descanso, no hay que perder el tiempo. No voy a quedarme de brazos cruzados mirando los años pasar frente a mis narices. No creo en la familia “tipo”. No quieren tener esposas, hijos, un trabajo estable, una casa. No voy a correr ni esclavizarme en el sistema creado por unos cuántos.

En mis principios llevé una vida más que triste, todo en cuanto amaba lo perdía, único hijo, fue criado por mis abuelos en un pueblo humilde cubierto de límites y restricciones. Mi madre falleció en el parto, cumplí seis años y mi padre contrajo un cáncer fulminante. Murió en mis brazos.

No terminé el colegio primario. La jubilación de mis abuelos no alcanzaba para mantener mi educación, me las arreglaba como podía, era bueno armando pulseras y collares, con piedras de río y tanza. La gente me compraba solo por lástima. En esa etapa conocí a mis amigos que me acompañarían toda la vida; sabía que tenía un carácter bastante especial, algo que diferenciaba del resto pero que aún se hallaba como un diamante en bruto. En casi todas las ocasiones fui el mejor amigo, escuchaba a mis pares, los ayudaba y protegía en cuanto podía, los aconsejaba y era cómplice de travesuras.

Mis primeros veinte años de vida resultaron ser todo lo contrario a la misión que luego me propuse. En mi adolescencia conocí a quien pensé sería el amor de mi vida. Aunque solo me sirvió para darme cuenta que no solo seguía siendo un fracaso en todo aspecto, sino que era un romanticida y depreviso. Triste de temprana edad. Me tiraba a la cama días para llorar, porque se mezclaban los peores momentos: mi novia abandonando el pueblo con un tipo más grande. El no haber podido conocer a mi madre y no tener su contención. El fallecimiento de mi padre frente a mis ojos. Y días en los que no comía porque el dinero no era suficiente en mi casa.

Llegué a tomarme un frasco entero de veneno para ratas; me decía en mi interior “tendría haber nacido con las ratas y morir envenenado”. Aunque uno de mis mejores amigos me encontró tirado sobre el piso de mi cuarto, y así fui llevado al hospital donde me hicieron un lavaje de estómago.

Mi nombre es Fran Dylan. Revolucioné la forma de pensar, rompí el esquema de lo que llaman “normal”. Y hasta llegaron a considerarme más poderoso que Dios.


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“—… El promedio vida del hombre hace siglos atrás llegaba aproximadamente a los cincuenta años; cincuenta y cinco como máximo. Hoy en día, tenemos personas que mueren a los noventa años, con un promedio general de entre setenta, setenta y cinco años… —.”

“—…reduciendo drásticamente las calorías en la dieta, lo que provoca una combustión menor de energía y nos permitiría vivir más de ciento cincuenta años. —.”
“—… Las cirugías ya no alcanzan para detener la vejez, estamos buscando la manera de que las células perduren más tiempo… —.”

“—… ¿Detener el envejecimiento celular? Es una locura… —.”

“—… Si nosotros inventamos a los Dioses, podemos ser uno de ellos… —.”

“—… ¡Va en contra de la iglesia! ¡El ser humano debe tener un principio y un fin, nadie puede ser inmortal! ¡Es la ley de Dios… nos está esperando con las puertas abiertas! —.”

“—… Si en algún momento éstas investigaciones avanzaran; sería el fin de la sociedad, ya tenemos suficiente con la clonación, como para pensar en que se puede llegar a los doscientos años de edad o aún peor: detener la muerte de un individuo… —.”

“—… "el reloj celular es en realidad el telómero…” —.
“—… Todo lo viviente, al nacer, tiene como perspectiva vital, correr hacia la muerte. La muerte no es un castigo por un pretendido primer pecado; al contrario, es un regalo para la especie ya que así le permite un nivel óptimo de desempeño… —.”


jueves, 12 de julio de 2012

El Rey y la Luna

S
u fúnebre crespón ya no podía resguardarlo del eterno invierno; en ocasiones conjuraba un hechizo de fuego para aunque sea calentar sus manos. Cada noche debilitaba su poder. Se había dado cuenta que sin corazón dejaría de existir.
Esa noche llovía, acurrucado en su Trono observaba los relámpagos rojos y azules. Las almas, que sutilmente lo acompañaban sin molestarlo, habían cerrado sus ojos y se disponían a descansar. El Caballero Negro, Hijo de la Noche, pudo al fin estar solo. Desde que la Estrella se fue, los espíritus lo vigilaban para que no cometiera alguna locura. Quizás ellos cerraron sus ojos pensando que su Rey había acostumbrado a “esperar”; o tal vez lo hicieron por cansancio y así lo dejarían en total libertad. Aquel Rey, que a pesar de todo, era vigilado para no ejecutar su propia desgracia.

Aprovechó a llorar sin que nadie lo viera. Ocultaba sus llantos, fue el momento más triste para él, porque afirmó que su Estrella lo había engañado, robándole el corazón.

Las nubes se evaporaron con rapidez y sobre la húmeda tierra, la Luna emanaba su luz.

¿Por qué lloras? — preguntó ella.

El Rey de la Sombra escuchó la voz en su mente y contestó: — Tú sabes —.

La Luna disminuyó su luz de plata diciendo: — No soy la misma de antes. Me convirtieron en piedra hace mucho tiempo, y mi alma quedó atrapada aquí en los cielos. Desde un principio lo observo, y siempre me ignora. Por favor, hoy deseo hablarle —. El rey la miró con sus ojos negros, se sentía abatido, sin embargo la escuchaba. — Libéreme de éste hechizo. Ya ha pasado mucho tiempo desde el Fin de los Días… tanto ha cambiado, mi Señor, dejé de ser una Sombra, puedo ser una gran Luz, puedo cuidarlo, sacarlo —.

Por primera vez la deseó, y la liberó de aquella prisión en los cielos. La Luna llegó sobre tierra aminorando su luz para no incomodarlo.
Era la misma que antes, alta, hermosa, pálida y de frente alta. Sus cabellos eran lacios, blancos, y le llegaban a la cintura acariciando su vestido azul.
Se acercó con lentitud al Trono y las almas volvieron a abrir sus ojos, se incomodaron al ver semejante situación. Ahora bien, se encontraban solos bajo la fría noche, el Rey de la Sombra y la Luna.

— Cuénteme, mi Señor — reclamó ella con dulce voz, cuando pasó sus dedos helados sobre las lagrimas en el rostro del Rey.

— Fui engañado por la Estrella Del Medio… se robó mi corazón. Y estoy perdiendo voluntad… estoy cansado —.

La Luna sonrió con tristeza y le dijo: — subestimó a la Estrella, porque en el tiempo con usted, se llenó indirectamente de la esencia de una Sombra. La oscuridad fue más poderosa que la Luz de su interior y fue corrompida. Ella ahora es tiniebla, un enemigo. Volverá, y para ese entonces deberá estar preparado. Yo lo ayudaré, mi Señor, a que no lo vuelvan a lastimar jamás —.

— No sé si habrá tiempo para ese encuentro — contestó él con toda melancolía. — Estoy a unos pasos de demostrar el verdadero poder del Rey de la Sombra. Aquél Caballero Negro que vive dentro de mí, necesito Luz, no puedo verla. Soy sombra, espesa sombra, tenebrosidad… puedo tocar un aire denso de tonos oscuros, como si palpara agua —.

Ella habló: — puedo convertirlo en Luz si eso es lo que quiere, volverle a lo que fue antes, solo necesitamos más tiempo —.

El suelo retumbó, como si su Trono no hubiera querido que su amo aceptara, aquella Sombra que lo había atrapado haría todo por retenerlo.

— No lo sé, Luna. Pido Luz, pero… dejar la Sombra… no lo sé —.

— Puedo ayudarle, mi Señor. Déjeme atravesarlo —.

Entonces, el Rey de la Sombra extendió sus manos a la Luna y su Trono volvió a retumbar.

— No — dijo él — no puedo —.

— Puede hacerlo, Rey de la Sombra. Hijo de la Noche, así como usted me liberó de mi maldición, yo lo libraré de la suya. Sé que ya no quiere ser un Rey —.

La magia negra surgió. Aspectos fúnebres se levantaron de su descanso con toda furia y miraron a la Luna con desprecio.

— Debes irte — ordenó él. — Lejos —.

Luna, Luna plateada, reinará tu luz entre las noches, lograrás aquietar al Rey de la Sombra. Le devolverás la paz, iluminarás lo que parecía siempre oscuro.
Le otorgó un caballo blanco, había sido de él en momentos de gloria y dejó de cabalgarlo por la Luz que emanaba. La Luna, sollozando, lo montó. Pero el Caballero Negro nada pudo hacer para controlar el odio de las bestias que la siguieron para darle muerte.

La Luna, se alejó de las fronteras del Trono con una velocidad increíble. Tanto el caballo como ella desprendían una Luz única. Pero algo ocurrió, cayó en una emboscada de la Sombra; fuertes bestias, altas y robustas, de grandes cuernos y en sus ojos amarillos se desplegaba el terror. Abrieron sus alas y se irguieron hacia la víctima. Ella dejó a solas al caballo y comenzó la lucha. La Luna no había perdido su poderío tras el hechizo que la había atrapado en los cielos, y se mantenía firme en batalla. La Luz procedía por todo su porte, pero no fue suficiente. Los demonios aparecían por doquier, ella se movía con rapidez y elegancia, sus vestidos flameaban.

Terminó con muchos de ellos, pero ahora se encontraba cansada y deteriorada. Fue entonces, que a punto de sufrir un gran conjuro, una saeta silbó y traspasó el pecho de uno de los enemigos. La Luna la vio, a ella, alta y erguida. Era una ninfa. Con su arco y movimientos feroces parecía bailar. Fue una balada que terminó con los enemigos.

La Luna se acercó pidiéndole las gracias y ella contestó: — ¿Cómo es posible, Luna, que te hayas liberado del hechizo de los cielos? —.

— Mi Señor me liberó. El Rey de la Sombra —. La ninfa abrió sus ojos demostrando sorpresa. Dio la vuelta y vio al caballo blanco que ahora yacía muerto. Corrió hacia él y lloró.

— ¿Qué sucede? — preguntó la Luna.

— No lo entiendes, estuve más tiempo con “tu Señor”, antes de que se convirtiera en una Sombra, en el Fin de los Días. Es éste su caballo, Cinsél es su nombre. Debe apreciarte, por habértelo otorgado —.
La ninfa cubrió al animal con su magia y lo convirtió en docenas de palomas que se levantaron hacia los tenebrosos cielos.
Se volvió nuevamente a la Luna y le dijo: — Soy la princesa Sílis Dulcinea, hija de los Cerpentáres de Marín. He venido con una misión, y por verte, me desconciertas. Tendrás que salir de aquí —.

La Luna respondió: — Me dirijo al Templo de la Luz, allí me haré más fuerte, como debo ser. Volveré y convertiré al Caballero Negro en lo que fue antes —.

— Tu objetivo es similar al mío y tus palabras suenan envolventes, aunque sabemos cómo eres, amante de vampiros. No confío en ti ni en la Luz que te rodea. Pero te sigue el peligro, y el mundo ahora tiene un nuevo enemigo con la misma fuerza del Rey de la Sombra, o peor. Yo también he venido a llevármelo y sé que vendrá conmigo. Tu presencia despierta a las bestias. Vete a tu Templo, pero no vuelvas a buscarlo. Verás que tendrás noticias de la Luz y de tu Señor. Te lo prometo, en nombre de mi raza —.

— Eres no solo hermosa en presencia sino también en palabras, Sílis Dulcinea. Haré lo que me dices porque veo en ti, a través de tus ojos, la lealtad y la fidelidad de la Luz —.

Con un silbido, Sílis llamó a su tigre. — Se llama Fárius, descendiente de Fatos. Él te cuidará si tú lo cuidas, viajarás ligero, ahora vete al Templo de la Luz. Cúbrete entre los árboles, que no te vean las estrellas, dicen que son espías de la Estrella Del Medio —.


miércoles, 11 de julio de 2012

El Fin de los Días

L
a tormenta incitaba a las olas del mar golpeando con violencia los cimientos de la antigua torre. Aguas negras iluminadas por los relámpagos nocturnos, sonidos de barcos hundidos en anteriores guerras, gritos de serpientes marinas que perecieron, lamento de los difuntos ahogados. Ambiente donde cualquier ser sufriría una aterradora falta de orientación.

Sobre los pilares más altos del atalaya y rodeado de fuego fatuo, un sujeto de antaño avistaba en el horizonte potentes rayos, caían en formas de ramas y dibujaban en las nubes rostros espantosos.
Se le desplegaban grandes alas negras, poseía una cola larga y puntiaguda, su piel era roja como el fuego. El viento soplaba sus extensos cabellos lacios apreciando dos pequeños cuernos y un rostro de facciones trabajadas en el mismísimo infierno; traicionera seducción de lo que una vez fue una mujer.

     En los Principios, el Universo fue una esencia. — dijo con voz lúgubre.

     Creó a ocho seres para dar un balance a su entorno. Y los envió… los repartió por sus dominios infinitos. Se hicieron llamar: Muerte, Vida, Amor, Odio, Bien, Mal, Tiempo y Destino. Se instalaron en este mundo y se conformó así “el Gran Consejo” —.

El piélago golpeaba con más fuerza y parecía devorarse los peñascos de la Torre.

     Dicha unión nos llevará al Fin de los Días. Donde ellos abandonarán sus formas físicas y pasarán a ser invisibles a los ojos de los seres vivos. Renunciarán a ser un consejo y obrarán por sí mismos, dependiendo de sus propias decisiones.

Soy la última de mi estirpe. Esta es la profecía que se convertirá en leyenda. Mi nombre es Sarafílis de Drago.

Desplegó sus alas esparciendo fuego desde sus entrañas. Y se elevó a toda velocidad en el momento justo cuando el mar se tragaba la torre.



lunes, 30 de abril de 2012

Segunda Sesión

N
o conocía el estar asustado, no como hoy. Si esto es el miedo no se lo deseo a nadie. Fijé mi vista en los rincones ¿Acaso era posible que me estuviera rondando? Quizás es la sugestión, pero siento presión frente a las puertas de mis pensamientos. Tomé un vaso lleno con agua, mis manos temblaban; estaba paranoico, pero sé que no estoy solo en mi habitación.

Lo que empezó como un símbolo de entretenimiento se ha convertido en obsesión. Sin embargo el miedo no me impide abandonar. De hecho, quiero saber más. Que locura, una atrocidad, estar conversando con una energía o presencia, de hecho no lo puedo describir, no sé qué es, no hay demasiada explicación. Este misterio lo hace envolvente, adulador. Soy masoquista.

Me narra historias resplandecientes, pensamientos oscuros, enemigos ocultos… disfraza las palabras en un sentido excepcional, casi incomprensible. Difícil imaginarse cómo había sido en vida, no me habla aún de ello. Se la nota, en parte, odiosa y resentida. Evidentemente es una energía macabra. Demonio que se halla alerta esperando atacar, dulce criatura de algún tiempo maligno que fue corrompida y logró la existencia en lo prohibido. Hermosa quizás, poéticamente macabra y colmada de elegancia. Suspiro de sensaciones terribles; relojes que se detienen, iglesias que cayeron bajo la palabra de los sacerdotes corruptos… un desfile extremista de lo inexplorado. Así son los mensajes que me transmite. ¿Acaso había sido una doncella o una arpía?

Un frío impulsivo se clava en mi cuerpo como alfileres, tras la caída de la luna ella considera la mañana mucho peor y la abrigan los duendes más peligrosos. Llamarada ardiente de calderas donde inhuman a los sucios. “Bicho… bicho putrefacto”; maldice ahora constantemente.

Es difícil seguirla, sus frases parecen no tener sentido; pero posiblemente es su idioma. Le pregunto cómo es su lugar.

— Bosque sin árboles, nocturno. Las nubes rojizas corren ligeramente en el cielo. Debajo de la tierra hay castillos enterrados, se dice que el Espanto con su dedo los hundió. El aire es helado y proviene de los grandes monumentos, el olor emana desde las flores de los mausoleos. Odio a los hombres que visten de blanco y flotan, siempre caminan con los brazos de manera horizontal, como queriendo atraparme. ¿Por qué no cierran su boca? Siempre la tienen abierta, les gusta comerse a los niños que nacen discapacitados, yo los he visto. Estoy sentada sobre un círculo rojo alrededor de la hierba azulada, aquí puedo hablar contigo… mientras Ellos no me vean.

Sentí un portazo que provino del baño. Me inundé de terror, consideraba el baño el lugar más seguro de mi casa, ya no lo es. Debió haber sido el viento me dije.

Están por todas partes. Vagan, pero no en vano. Sus ojos son muy grandes y pueden ver a largas distancias. He visto sus ataúdes que flotan y viajan en diferentes direcciones. Brillo helado que se aferra a mis noches, resurrección de una mezcla horrible del odio y el deseo intenso de lo irreal. Canto melódico de voces fúnebres; cuentan que una vez la Lágrima ahogó a la Sonrisa. La cubrieron en un manto de cristal negro y bajo la nieve, Ellos, la trasladaron a la montaña más alta. Allí quedó la Sonrisa… enterrada en el pozo de las víboras, por ello aquí nadie ríe.

Fue lo último que me dijo.